La noche avanzaba con una quietud engañosa. Mariposa se había quedado dormida tarde, tras mirar un rato el cielo desde su cama, sintiendo todavía el calor de la mano de Seven entrelazada con la suya horas antes. Pero el sueño fue traicionero. A mitad de la madrugada, los gritos ahogados rompieron el silencio. —¡No, no! ¡Por favor...! —la voz desesperada de Mariposa desgarró la calma. Seven se incorporó de golpe en su cama. No lo pensó. Se levantó descalzo, cruzó el pasillo y abrió la puerta de