Dante se encontraba en su suite de hotel en Londres, mirando por la ventana hacia la ciudad que lo encandilaba con sus luces desde el céntrico lugar en el que estaba. Había pasado un día agotador y estaba ansioso por hablar con Adriana, su esposa. Tomó el teléfono y marcó su número, esperando escuchar su voz al otro lado. Adriana contestó después de unos segundos de silencio, y Dante notó inmediatamente algo extraño en su tono de voz. —¿Adriana? ¿Estás bien?— preguntó preocupado. Ella dudó antes de responder. —Sí, todo está bien, amore mío — dijo ella con su mente cargada de remordimiento por mentirle —. Solo estoy un poco cansada, eso es todo...— dijo y suspiró rezando por dentro para que le creyera. Dante frunció el ceño, sintiendo que algo no cuadraba del todo. — No suenas como siempre, amore. ¿Estás segura de que no pasa nada? Adriana suspiró más fuerte y finalmente admitió: — Es solo que he tenido un día complicado aquí, papi. Nada de lo que debas preocuparte— dijo y agregó —, de