Dante entró en la habitación de su casa con cuidado, tratando de no despertar a su pequeña hija Catalina que dormía junto a su madre, Adriana. Su pequeña esposa. Una sensación de ternura lo invadió al ver esa escena, recordando lo afortunado que se sentía de tener a esas dos mujeres en su vida, aparte del pequeño León. Decidió llevar a Catalina a su habitación para que descansara adecuadamente, asegurándose de que estuviera cómoda y abrigada en su cuna. Después, volvió a la habitación donde Adriana dormía plácidamente y se acostó a su lado, abrazándola suavemente y dándole besos tiernos en las mejillas. Ella, aún adormilada, sonrió cuando sintió los labios de su marido sobre su piel. Poco a poco fue despertando y respondiendo a sus caricias, lo que avivó el deseo en Dante que, cediendo a la pasión que los consumía, empezó a besarla más apasionadamente, metiendo la lengua dentro de sus labios y jugueteando dentro de esa humedad. Adriana abrió los ojos lentamente, encontrándose con el r