—¡Lizzy, querida! —dijo Alfonso, tomando a la joven del brazo con familiar ternura—. Tu fiesta es espectacular. Creo que yo nunca podría haberte dado algo así.
Ella besó su mano y, con una sonrisa dulce, respondió:
—Tú me has dado mucho más que esto.
Alfonso, fijando la mirada en el ramo de flores que aún tenía en sus manos, preguntó con preocupación:
—Lizzy... ¿acaso Pablo?
Ella asintió, y con un suspiro profundo añadió:
—No sé cómo lo hizo, pero se las ingenió para llegar hasta mí.
Los ojos de