Ella lo abrazó, llorando de emoción al verlo bien.
— ¡Oye, oye! —sonrió Federico, quejándose con suavidad—. Acabo de despertar.
Elizabeth se incorporó levemente y le acarició el cabello con una ternura que lo desarmó por completo.
— Perdóname, es que estoy muy feliz de verte despierto.
Federico sintió que algo dentro de él se aflojaba. No pasó por alto el detalle de que ya no lo trataba de usted. No hizo falta decir nada; el cambio estaba ahí, en su voz temblorosa, en la forma en que lo miraba.