Federico permanecía en la oficina dando las últimas indicaciones a Víctor. Confiaba ciegamente en él; sabía que, ante cualquier imprevisto, sabría cómo actuar. En su viaje llevaría otro asistente, pero era Víctor quien se quedaría a cargo de todo lo relacionado con Buenos Aires.
—Señor... ¿y la señora Elizabeth? —preguntó el asistente, con cautela.
Federico lo miró, y en su mirada había algo que se parecía demasiado a la melancolía.
—Ella se quedará. Creo que es momento de que los dos tengamos u