Federico la abrazó con fuerza, como queriendo sostener el frágil cuerpo de su esposa. Respiró hondo antes de hablar.
— Pequeña… Alfonso está muy enfermo. Los médicos hicieron todo lo posible, pero… ya es demasiado tarde —la voz se le quebró; una angustia profunda se había instalado en su pecho.
Elizabeth rompió en llanto, un llanto crudo, incontenible.
—¿Estás diciendo que va a morir?
Federico asintió con lágrimas en los ojos. Había aprendido a querer a Alfonso. En sus charlas a solas, el hombre