Federico entró en la habitación, seguido por Adrián. Elizabeth se incorporó y lo miró con detenimiento: ese hombre con el que había sentido una conexión inmediata, con quien compartía tantas cosas en común… ¡era su padre! ¡Su padre! Apenas podía creerlo. Había crecido como la bastarda de la familia, marginada por una alta sociedad hipócrita que la despreciaba sólo porque su padre nunca la había reconocido.
Adrián se quedó de pie, sin decir palabra. Federico se sentó junto a su esposa; no pensaba