El sol asomaba apenas por la ventana del pequeño cuarto cuando abrí los ojos. Desde que Ethan se había marchado, mi rutina había cambiado por completo. Ya no vivía con la ansiedad pegada al pecho ni con el corazón al borde del colapso cada vez que la puerta se abría. Ahora, era yo y mi bebé. Una unidad. Una promesa. Un motivo para levantarme cada día, incluso cuando el cansancio pesaba más que la esperanza.
Me senté en la cama con lentitud, sintiendo el peso creciente de mi vientre. Acaricié la