Mara escuchó el mensaje el domingo por la mañana.
No la noche anterior, cuando volvió a casa con el olor de los tamales aún impregnado en la ropa y una sensación extraña —ligera, casi peligrosa— instalada en el pecho. No entonces, cuando el silencio del apartamento parecía más llevadero y el mundo, por primera vez en semanas, no se sentía completamente en su contra.
Lo escuchó al día siguiente.
En la cocina.
Sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el gabinete, como si necesitara algo