Seis semanas después, Mara tenía un sistema.No era un buen sistema, pero era lo suficientemente preciso como para sostenerla.Se despertaba a las 6:14 — nunca a las 6:15, nunca a las 6:00 — porque había algo tranquilizador en ese margen exacto, en esa pequeña decisión arbitraria que solo le pertenecía a ella. Bajaba a la deli de la esquina porque la cafetera de su nuevo apartamento hacía un sonido insoportable, casi agónico, y no había tenido la energía para arreglarla. Tomaba el tren a las 7:03. Ventana si podía. De pie si no.Y siempre, siempre, algo en los audífonos para no pensar.Había cambiado cuarenta y tres cuadras y, con ellas, una vida entera.El nuevo apartamento era más pequeño, más silencioso, más honesto en su incomodidad. No tenía ascensor. El radiador golpeaba cada noche a las dos de la madrugada como si tuviera algo urgente que decir. Las paredes eran de un blanco indeciso que no lograba ser limpio ni cálido.Y, junto a la ventana, había una planta que no era suya.L
Ler mais