Salir del café no se sintió como una huida.
Eso fue lo primero que Mara notó.
No había urgencia en sus pasos. No había esa necesidad de alejarse lo más rápido posible, de cortar el momento antes de que se volviera insoportable. Caminaba con calma, con una claridad que no había tenido la última vez que salió de un lugar con Daniel.
Esa noche, seis semanas atrás, había salido sin pensar.
Ahora, estaba eligiendo cada paso.
La diferencia era sutil.
Pero lo cambiaba todo.
El aire en el West Village