La música dentro del salón vibraba como un pulso eléctrico, marcando el ritmo de una noche que se negaba a apagarse. Pero para ella, todo se sentía ralentizado. Como si el tiempo, justo después de esa interrupción, se hubiese estirado en un limbo de lo que pudo haber sido… y no fue.
Damián no se había movido. Seguía con la mandíbula tensa, los ojos fijos en ella, como si buscara en su mirada una explicación que lo liberara del torbellino en el que ambos acababan de caer. La cercanía había sido