Capítulo 26: El lobo con piel de cordero
Rodrigo apareció justo al mediodía.
Las flores eran blancas. Elegantes. Discretas.
Nada demasiado romántico. Nada que pudiera parecer una provocación.
Solo el gesto perfecto. Medido. Cálido.
Como él sabía que debía hacerlo.
Alejandra abrió la puerta con la expresión que ya esperaba: cautela, desconfianza, la mandíbula tensa, los ojos velados por una mezcla de agotamiento y alerta.
—No deberías estar acá —dijo sin siquiera mirarlo a los ojos.
Rodrigo