Vanesa nunca fue ingenua. Ni cuando eran adolescentes, ni ahora que la vida las había obligado a crecer de golpe. Siempre había tenido un don especial para ver lo que otros pasaban por alto. Para leer entre líneas. Para entender lo que se ocultaba detrás de una mirada esquiva o de un silencio demasiado largo.
Desde que Alejandra regresó a España, había estado observándola con una mezcla de cariño, inquietud y creciente sospecha. Al principio pensó que era el cansancio, el jet lag, o incluso el