La mañana avanzaba, bañando el claro principal de la manada de Tigre Blanco con una luz dorada y tibia. Vincent y Lara salieron de su cabaña y caminaron juntos, con paso pausado pero seguro. Ambos sabían lo que tenían que hacer se dirigieron a la casa de Kaila por el sendero que daba al centro del pueblo para luego tomar el desvío a la casa de la sanadora.
A medida que avanzaban, podían sentirlo: las miradas que se posaban en ellos desde detrás de las cortinas de piel, desde las puertas de las