La áspera caricia de su lengua volvió acariciar mi mejilla dejó una sensación de calor y una posesividad que no pudo ignorar. Mientras la magnificencia de su tigresa blanca lo miraba con esos ojos llenos de picardía, una parte de él, la parte del Beta consciente de las implicaciones, sintió la necesidad de advertirla. Su voz sonó ronca, mezclando asombro con un dejo de seriedad.
—Gatita... —dijo, manteniendo la mirada en sus ojos felinos— Lo que estás haciendo... me estás marcando. Con tu olor.