El día amaneció claro, pero Alessandro apenas notó la luz del sol. Mientras conducía hacia el viñedo, su corazón latía con fuerza inusual, y un nudo de emoción le apretaba el pecho. Por primera vez en meses, sentía algo que no podía ignorar: nervios, anticipación, un deseo que lo hacía inquieto, casi vulnerable. Todo por una sola persona: Rose.
Se detuvo un instante antes de entrar a la sala de reuniones y cerró los ojos. De repente, el recuerdo apareció con una fuerza que lo hizo retroceder en