CAPÍTULO 32.

Capítulo 32

Miguel no había soltado la mano de Sofía desde que salieron del edificio. Sus dedos estaban entrelazados con una fuerza posesiva, y de vez en cuando, él recorría con el pulgar el dorso de su mano, un gesto que en cualquier otro contexto sería tierno, pero que ahora se sentía como una marca de propiedad ardiente.

—No vamos a la casa, Guzmán —ordenó Miguel, su voz más grave de lo habitual.

Sofía arqueó una ceja, girándose hacia él. El vestido azul oscuro se tensó sobre sus curvas, y e
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