Lunes.
Empezó a empacar.
No con prisa. Con la atención deliberada que dedicaba a las cosas importantes. Cada objeto era considerado antes de meterlo en una caja. Cada decisión sobre qué conservar y dónde guardarlo la tomaba conscientemente, no por inercia.
Ya lo había hecho antes.
La villa. Después del divorcio. Empacar quince conjuntos de ropa, cuatro maletas y cinco pares de zapatos, y dejar todo lo demás. Aquel empaque había sido un acto de desprendimiento. De liberarse.
Esto era diferente.