El camino privado dio paso a la ruta costera, y esta a las carreteras más anchas que se dirigían al este y al sur. Finalmente, la ciudad apareció en el horizonte, como siempre, un tenue resplandor anaranjado contra el cielo oscuro, la luz particular de un lugar que nunca dormía del todo.
Llevaban cuarenta minutos conduciendo y ninguno de los dos había dicho nada.
No era el silencio de quienes no tenían nada que decir. Era el silencio de quienes tenían demasiado y no sabían qué parte abordar pri