Obviamente lo que proponía no era ni moral ni legalmente aceptable. Debía necesitar ayuda realmente para extender su mano.
Pero al diablo, ése hombre no lloraría por nadie jamás, y no sentiría miedo hasta no ver su propio ataúd.
—Recuerda siempre tu lugar. Así fueras un hombre, la advertencia sería la misma.
Mientras no me desafíes, habrá calma entre nosotros. No me importa lo que hagas o dejes de hacer, mientras no atentes contra mis intereses, incluso olvidaré tu existencia.
Raquel