El auto avanzaba lentamente por el sendero, el sonido de las ruedas sobre la grava rompía el silencio que había caído sobre nosotros. La oscuridad de la noche era casi absoluta, solo interrumpida por las luces lejanas de la ciudad que se desvanecían a medida que avanzábamos.
El aire fresco entraba por la ventana, y aunque estaba fría, no lograba disipar la tensión que sentía apretando mi pecho.
Rune conducía sin prisa, pero su presencia en el asiento del conductor me parecía aún más intimidante