La noche había caído cuando finalmente dejamos la mansión Beauregard y nos dirigimos de regreso a mi departamento. La ciudad pasaba de largo con su maraña de luces y sombras, reflejándose en el parabrisas del auto. A pesar del cansancio que sentía, no iba a dejar pasar la oportunidad de molestar un poco más a Arzhel.
Me acomodé en el asiento del copiloto, girando levemente el rostro para observar su perfil mientras conducía. Su mandíbula estaba tensa, su expresión serena, pero había una rigidez