El sábado por la mañana llegó la tormenta que Victoria había estado gestando durante toda la semana. Llamó a Marcus y Elena a la sala de estar, con el rostro lleno de líneas duras que no dejaban lugar a la negación. La mansión se sentía más pequeña por el aire cargado con el peso de las verdades no dichas mientras Victoria estaba parada junto a la gran ventana con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. A sus cuarenta y cinco años, parecía la formidable abogada dispuesta a interrogar a l