Alexander se movió hacia el balcón de la sala de juegos para apreciar mejor el fuerte viento azotándole el cabello que ya había crecido demasiado. Tuvo la intención de que lo recortaran para verse casi tan bien como ella esa noche, pero cuando Vania se le sentó en el regazo y le susurró cuánto le gustaba halarlo, mientras la llevaba a perder la razón, se rindió y decidió no hacer nada al respecto.
Hubiese deseado que el amanecer trajera consigo los rayos implacables del sol, al menos ese día. S