Cuando Alexander volteó de nuevo, Andrea estaba cruzada de brazos en el umbral, donde las cortinas ondeaban con fuerza desde el interior.
—Dejarme de última para tu reunión familiar es inconcebible —dijo con reproche—. Javier viene en un momento.
—¿Es una advertencia? —bromeó, con esa sonrisa que aparecía cuando estaba con ella aun sin proponérselo—. No te haré nada, mujer.
—Sé que jamás harías algo de lo que puedes arrepentirte, Alex. Ya no. Te conozco y siempre te he admirado por ello. Me