Vania se desvistió como tantas otras veces, pero ella se sentía distinta. Su piel ardía producto de la mirada salvaje que reflejaba el hombre que tenía en frente.
Era cierto que otros ya la habían observado así mientras se excitaban con sus movimientos y sus caricias veladas debajo de la blusa. Ese gesto sutil de presionarse el pezón y que la tela impidiese verlo por completo, pero que cuando alejaba la mano lucía rígido a través de la misma, invitando a ser lamido, succionado y venerado.
Sin