Las horas avanzaban lentas y cautelosas, tanto como sus miedos y preocupaciones. Eran las dos de la mañana cuando Vania se dio cuenta que ella no podría dormir allí, aunque se sentía exhausta.
Alexander había acabado con toda su resistencia física y se burló a carcajada batiente de su terrible condición. Incluso se ofreció pagar a «una» entrenadora personal, e hizo un énfasis ridículo en el género de la misma, como si creyese imprescindible aclararlo.
Él le había demostrado con creces que ten