—Es hora de volver.
—Debo ir por ella, Sander. Es mi bebé. —Las lágrimas surcaban su rostro como un dique roto—. Te lo ruego.
—No, muñeca. Esa no es una opción.
Él acarició su mejilla con suavidad y limpió el rastro del llanto con sus dedos. Se acercó a ella despacio y sujetó su nuca con la mano libre y se apoderó de sus labios en un beso lento, cargado de emociones—. ¿Notas cómo te extrañó, mi alma? —susurró muy cerca de su oreja—. Pensé que te perdía…, de nuevo.
Vania lo sintió estremecers