La luz del sol se filtraba a través de las cortinas del salón, iluminando la mesa del desayuno donde Andrea y Dalia estaban sentados, compartiendo tostadas y café. Leo, en su trona, jugaba con un trozo de pan mientras observaba a los adultos con sus grandes ojos avellana.
La puerta del apartamento se abrió y Lucas entró, seguido de Damián. Dalia levantó la cabeza.
—¿Dónde está Matías? —preguntó, con curiosidad.
—Fue a hacer un encargo —respondió Andrea, sin levantar la vista de su taza de café—