Dalia estaba en el salón, repasando mentalmente los preparativos para la fiesta, cuando el teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y vio un mensaje de un número desconocido: "Sal al balcón. Necesito hablar contigo y no puede nadie escuchar la conversación."
Frunció el ceño. No era un número que reconociera. Pero algo en la urgencia del mensaje la hizo levantarse y caminar hacia la puerta del balcón.
—¿Dónde vas? —preguntó Andrea, levantando la vista del libro que estaba leyendo.
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