—¿Dónde está ella?
El rey Ilya no alzó la voz, pero el mandato resonó en toda la habitación. Sus palabras eran tranquilas, casi suaves, pero cayeron con el peso de una orden incuestionable. La jefa de las doncellas hizo una leve reverencia, con los ojos fijos en el suelo, las manos bien plegadas frente a ella.
—En sus aposentos, Su Majestad —dijo. Su voz era firme, medida, la voz de alguien que había aprendido a dar información sin añadir nada de más.
—¿Sola?
—Sí.
Asintió una vez, un movimiento