Punto de vista de Mariana
—Entonces te equivocas.
—No.
—Sí.
—No.
La discusión se ralentizó. Pero no se detuvo. Simplemente cambió de rumbo.
Su mano se movió ligeramente. Sin tocarme. Pero lo suficientemente cerca. Podía sentir su calor, el peso de su presencia.
—Lo alejas todo —dijo.
—No.
—Sí.
—No.
—Lo haces cuando importa.
—Eso no es cierto.
—Sí.
Lo sentí. El cambio. El atisbo de algo más profundo.
—No dejas entrar a nadie —dijo.
—Eso no te incumbe.
—Sí te incumbe cuando te pone en peligro.
—N