El desierto de Nazca parecía un océano inmóvil, con su vastedad ondulante atrapada en un tiempo suspendido. Los rayos del sol crepuscular pintaban la arena con tonos que oscilaban entre el oro y el rojo, como si el mismo cielo ardiera en sacrificio. Ethan estaba en el centro de ese espectáculo, una figura solitaria frente a una inmensidad que lo sobrepasaba en todos los sentidos.
Las líneas del geoglifo recién formado aún brillaban débilmente, pulsando como un corazón herido. Ethan, debilitado p