Cerberos avanzó, cada pata golpeando la tierra con un eco que reverberaba como un tambor antiguo. Las tres cabezas del monstruo, cada una con una personalidad inquietante, se movían al unísono, escudriñando al grupo con ojos rojos que brillaban como brasas en la penumbra. Sus fauces, entreabiertas, dejaban entrever colmillos afilados que parecían capaces de desgarrar incluso el metal más resistente. El aire, cargado de una energía casi tangible, vibraba con cada gruñido que escapaba de sus garg