El sendero entre las ruinas parecía estrecharse a medida que el grupo avanzaba, como si las piedras mismas conspiraran para contenerlos. Las sombras danzaban en los muros, proyectadas por una luz que no podían identificar, y el silencio que los envolvía era opresivo, casi ensordecedor.
Afrodita sentía cómo su daga vibraba ligeramente en su cinto, una reacción instintiva al ambiente hostil. A su lado, Ethan avanzaba con pasos firmes, pero la irregularidad en el pulso del Orbe lo hacía fruncir el