El Olimpo brillaba con su eterno resplandor dorado, pero en su grandeza había un peso palpable, como si la gloria que una vez lo definía estuviera siendo reemplazada por una sombra inevitable. Las nubes que rodeaban el reino de los dioses se arremolinaban inquietas, y el aire vibraba con una energía tensa que hacía que incluso las columnas inmortales parecieran vulnerables.
En el salón principal, Zeus permanecía inmóvil frente al Orbe, sus ojos fijos en el artefacto que giraba lentamente sobre