Mundo ficciónIniciar sesiónPor Charlotte.
Mientras esperaba a mi padre, recordé sus reproches antes de salir de casa, casi exigiendo que me quedara, diciendo que era inaudito que nunca hubiera visto a Tatiana.
No, no la quería conocer.
Era la hija de mi hermana y ella no estaba más, es decir que su padre, al que nunca vi en mi vida, era el que se tenía que hacer cargo de esa niña.
Estaba convencida que si a él se le antojaba, podría alejarla de mi familia.
Por algún comentario que alguna vez me hizo Sheryl, creo que no le caía bien a ese hombre.
¿Entonces por qué me tendría que caer bien su hija?
Mi hermana comprendió que yo no podía asistpr a su boda, proque tenía otros compromisos, pero al parecer, al idiota de su marido, no le parecían importantes mis compromisos.
Cuando nació la hija de mi hermana, fue otro problema, todos estaban preguntando por qué no viajaba a conocerla.
Era una bebé que no se iba a enterar si yo estaría presente o no.
No me siento egoísta por eso.
Por otro lado, no me gustan las criaturas, no sé porqué, simplemente no terminaba de comprender por qué todos se volvían locos por un bebé que no hacía absolutamente nada o por una criatura que no se le entendía qué quería decir y que festejaban sus palabras como si hablase de la teoría de la relatividad.
Decididamente yo no tenía eso que muchos llamaban instinto maternal.
No era un pecado.
Cada uno era como era y tenía sus propias prioridades.
-¡Papito!
Dije, largándome a llorar cuando mi padre entró acompañado por su abogado y por un guardaespaldas.
-¿Qué sucedió?
Entre lágrimas le conté mi versión.
Ya firmé unos documentos, acá tienes tu registro de conducir.
Había olvidado que me lo habían retenido momentáneamente para verificar algunos datos.
Comencé a quejarme por todo lo que pasé.
-Hablamos en casa.
Me dijo con una seriedad que no le conocía.
Lo seguí en silencio, solamente quería irme de allí.
Me di una ducha y me acosté.
Estaba cansada y hasta me había olvidado de mis amigos.
Mi padre no insistió en hablar y pensé que iba a dejar pasar lo que me sucedió.
-Puedes explicarme, sin excusas, que sucedió ayer.
Me dijo apenas puse un pie en el comedor.
Me puse a llorar, tenía que ablandarlo de alguna manera.
Sabía perfectamente que mis lágrimas lo desarmaban, eso lo aprendí desde pequeña.
-Cuéntame que sucedió.
Lo miré porque me asombró lo distante que parecía.
-Charlotte, eres un adulto, no puedes comportarte como si tuvieras 17 años, tienes que respetar a las personas y también tienes que respetar las reglas de tránsito, es peligroso pasar los semáforos en rojo, puedes lastimarte o provocar un accidente, involucrando y lastimando a terceros.
-Fue sin querer.
-Le diste un cachetazo al hombre que frenó para no chocarte.
-Estaba nerviosa.
Ni siquiera sé cómo se enteró, pero no se lo podía preguntar.
-Me estoy cansando de tu comportamiento, ayer tuve que llevar a Tati antes de lo acordado.
¿Todo era por esa niña?
-Tiene un padre para que la cuide.
-¿No lo entiendes, verdad? Ella es mi nieta y es importante para mí, disfruto cuando viene a visitarnos.
No le contesté nada, porque ya sabía lo que se venía.
-¡Es inaudito que no la conozcas! Puedo perdonarte muchas cosas, pero tu actitud con Tati, no la tolero.
-Ya la voy a conocer.
-Eso espero.
Mi madre, que siempre me defendía, también estaba callada, parecía estar de acuerdo con las palabras de mi padre.
Pude pasar el momento.
Seguí con mi vida, aunque traté de respetar los semáforos, porque no quería escuchar otro sermón de mi padre.
Estaba en el club con mis amigos, estábamos tomando unos aperitivos, cuando Dalton propuso trepar la escaladora, esa pared donde se llegaba por su propio esfuerzo.
No me entusiasmaba esa idea, pero todos me miraban para decidir qué hacer.
-¿Tienes miedo?
-¿Miedo yo?
Le pregunté para distraerlo.
-Sí, nunca participas, cuando competimos en esa actividad.
-No entiendo porque haces de todo una competencia.
Él sonrió con arrogancia.
Era engreído, pero yo estaba loca por él y aunque presentía que le gustaba, no sabía porqué nunca terminaba de acercarse a mí.
Le quise demostrar que yo podía igualarlo y hasta ganarle,
-Ok, lo hacemos, pero primero me pongo ropa acorde para esa actividad.
-Estás preciosa así.
-¿Acaso quieres ver mi ropa interior?
Me alejé, junto a Alondra y Jessica.
Nos cambiamos.
Me puse calzas a rayas blancas y negras, totalmente llamativas, que me quedaban espectaculares, las acompañe con un top que marcaba mi busto, atrayendo miradas.
Al pasar por la confitería, donde momentos antes estábamos sentadas, sentí las miradas y la admiración de todos los presentes, salvo de dos hombres que ni siquiera se dignaron en mirarme, como si no valiera la pena observar mi belleza.
Eso me molestó bastante y no supe por qué.
Hasta tiré, sin querer, el servilletero de una mesa próxima, para atraer sus miradas, sobre todo, y no sabía porqué, quería que el hombre que estaba con la camisa blanca, levantase la vista y me mirase.
Me parecía atractivo y pensé que si lograba su atención, Dalton se iba a dar cuenta que todos me pretendían, incluso ese hombre, que era maduro y parecía estar más allá de nuestro bullicioso grupo.
Los chicos, al verme vestida así, me llenaron de halagos, yo les sonreía aceptando los piropos.
-Vamos por parejas un hombre con una mujer… por fin te voy a derrotar en algo.
Sí, Dalton era tan competitivo como yo.
Subieron Alondra y Gael, por poco pero ganó Gael.
-Nos toca.
Dijo Dalton.
Yo sabía que iba a perder, pero no me quedaba otra que subir.
Estaba a mitad de camino, cuando ni pude agarrarme con fuerza y resbalé, golpeando mi tobillo con fuerza, me dolió de una manera sobrehumana, decidí soltarme y bajar agarrada del arnés, pero no sé qué sucedió, que me deslicé que en lo que pareció ser caída libre.
Mi tobillo lastimado golpeó primero y sentí como se doblaba y mi grito, por el dolor que sentí, se debe haber escuchado en todo el club.
De repente, el hombre de camisa blanca, estaba revisando mi tobillo y no sé qué movimiento hizo, pero creí morir de dolor.
-Ayyy ¡Me rompiste el tobillo!
Grité, mientras lloraba sin poder contener mi dolor.
¡El tipo se rio en mi cara!
-Evité que tengas que operarte.
Dijo sin inmutarse.
Luego con una seguridad que nunca vi, lo vendó.
-Me duele, está muy ajustado.
-Eres una niña muy llorona.
Dijo con desprecio.
Yo no podía contener mis lágrimas
-Soy una mujer y tú, me lastimas a propósito.
Él siguió riendo.
-¡Así no puedo manejar!
-Que tu papito o un chofer, te busque.
Pareció escupir sus palabras y luego, con la indiferencia de antes, se alejó.







