El l vestido de seda color medianoche se ceñía al cuerpo de Aria como una segunda piel, pero ella sentía que era una armadura de cristal a punto de estallar.
Frente al espejo de su habitación en la mansión Sterling, sus dedos rozaron la marca casi invisible en su cuello donde, hacía quince años, solía descansar la medalla de su madre, mientras el mensaje de Alistair, enviado apenas unas horas antes, seguía reproduciéndose en un bucle mental tortuoso.
«Él no te está protegiendo... te está usando como su coartada para un asesinato que él cometió».
La puerta de la suite se abrió y Killian entró luciendo un esmoquin a medida que lo hacía parecer más una deidad peligrosa que un empresario.
Se detuvo a sus espaldas, y a través del reflejo, Aria buscó desesperadamente una grieta en su máscara, pero solo encontró granito, sus hermosos ojos grises eran dos muros infranqueables, no había en ellos rastro de la vulnerabilidad que creyó ver en el santuario del ala este.
— Estás distraída — dijo é