El l vestido de seda color medianoche se ceñía al cuerpo de Aria como una segunda piel, pero ella sentía que era una armadura de cristal a punto de estallar.
Frente al espejo de su habitación en la mansión Sterling, sus dedos rozaron la marca casi invisible en su cuello donde, hacía quince años, solía descansar la medalla de su madre, mientras el mensaje de Alistair, enviado apenas unas horas antes, seguía reproduciéndose en un bucle mental tortuoso.
«Él no te está protegiendo... te está usand