Dos meses. El tiempo había volado desde que llegué a Madrid, y con él, una parte de mi antigua vida parecía haberse desvanecido. La ciudad me había acogido con su bullicio y su encanto, envolviéndome en una rutina que, poco a poco, se sentía cada vez más mía.
Mateo se había convertido en un mentor excepcional. Su paciencia y conocimiento me habían guiado en cada paso, y en su manera firme pero amable de enseñar, encontré la confianza que creí haber perdido. Aprender de él había sido un privilegi