Amber y Jessica estaban sentadas con David en la pequeña sala, iluminada solo por la tenue luz de las velas. La conversación era tensa, como siempre que se mencionaba a Ethan.
David, con su mirada oscura y el ceño fruncido, golpeó la mesa con fuerza. “Ethan es un hijo del demonio”, dijo, con la voz cargada de ira. “Siempre lo ha sido, y ahora está maldito, ese malnacido. No puedo entender cómo nadie más lo ve”.
Jessica intentó calmarlo, pero David no estaba dispuesto a ceder. Amber se mantenía