El frío se sentía como miles de pequeñas agujas perforando mi piel, a pesar del abrigo grueso que llevaba. Mis dedos entumecidos apenas reaccionaban, y frotar mis brazos una y otra vez parecía inútil, como si el aire mismo me robara el calor del cuerpo.
El día, aunque hermoso en su blancura, me resultaba implacable. La nieve caía lenta pero constante, pintando de blanco el paisaje, mientras el viento gélido me recordaba lo vulnerable que me sentía en ese momento. No estaba hecha para este clim