El aire frío del invierno se colaba por las paredes del castillo, y el pesado abrigo que llevaba ya no era suficiente para mantenerme caliente. Sentía el frío calando hasta mis huesos, pero algo más me afectaba.
Me sentía enferma, más débil de lo habitual. Mis movimientos eran torpes y mi cuerpo comenzaba a temblar a medida que el día avanzaba.
Patrick, sentado en su gran silla junto al fuego, notó de inmediato que algo no andaba bien. A pesar de su habitual arrogancia, había algo en su mirad