El día siguiente a la unión de los fragmentos, Serena despertó gritando.
Su cuerpo se arqueó sobre el lecho de pieles. Sudorosa, temblorosa, con los ojos desorbitados, no reconocía su entorno ni a quienes la rodeaban. Kael trató de sujetarla, pero un pulso de energía lo arrojó contra la pared. Ilka acudió corriendo, invocando un sello protector, mientras las brasas de la chimenea se avivaban como si la propia luna ardiera en su interior.
—¡No la toquen! —gritó Ilka—. La luna está dentro de ella