La puerta de acero reforzado no cedió ante una llave, sino ante la furia de un Alfa despertado. Con un rugido que hizo vibrar los cimientos del bloque de celdas, Bryan arrancó el metal de sus bisagras, usándolo como un escudo improvisado mientras las primeras balas de los guardias rebotaban con chispas mortales.
—¡Izquierda, cachorro! —gritó Silas desde atrás. El anciano licántropo, aunque ciego, giraba la cabeza como un radar, sus orejas captando lo que nadie más podía—. ¡Hay tres respiracione