Caleb se paseaba por los pasillos del instituto, solo, ensimismado en sus pensamientos. Aquellos muros se habían convertido en un arrimo para el chico. Allí podía librarse, por algunas horas, del infierno en el que se había tornado su aparente hogar. La convivencia entre sus padres era caótica y la armonía se materializaba sólo con la ausencia de Alberto.
El chico no dejaba de sentirse culpable por no haberse sincerado con el oficial Guzmán y contarle lo que realmente pasó aquella mañana. Si lo