Elsa lo escuchó y, al instante, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Ay, hijo, ¿para qué tanto sufrimiento? —susurró con la voz hecha pedazos—. Mariana te quiso con el alma, y tú nunca supiste valorarla. Ahora que ya no está, la recuerdas a todas horas y hasta la sueñas de noche. Pero aunque la sueñes mil veces, no va a volver.
Lucas, serio, entendía que aquel sueño no era simple nostalgia.
Había sido demasiado real, tan nítido que parecía otra vida entera.
En ese sueño también estaban comprome