Helena, desesperada, intentó otra vez hacerse la débil y la inocente.
Pero ya era demasiado tarde.
Lucas se lanzó hacia ella y le agarró el cuello con una sola mano.
Las amigas de Helena pegaron un grito y salieron corriendo sin mirar atrás.
En segundos, el salón quedó en silencio, con ellos dos cara a cara.
—Helena —escupió Lucas entre dientes, con la voz cargada de rabia—. Me engañaste todos estos años, y de la peor manera.
Un recuerdo se le cruzó como un relámpago: la primera vez que la vio.
Su propio padre acababa de morir, y esa niñita, con los ojos hinchados de tanto llorar, le había preguntado adónde se había ido el suyo.
La culpa y la compasión lo hicieron prometerse que siempre la cuidaría.
Al principio solo lo movía el deber, la lástima.
Pero luego ella creció. No era como las demás chicas de su círculo, que se sentían reinas viviendo entre lujos.
Helena, en cambio, parecía insegura, temerosa, convencida de que no merecía nada.
Esa imagen lo enterneció.
Esa compasión, confund