Lucas ya tenía la mano en la perilla de la puerta cuando se quedó de piedra.
A través del vidrio alcanzó a ver la escena, y el corazón le dio un vuelco.
En el centro del grupo, Helena estaba rodeada de amigas. Con el maquillaje recargado, ya no quedaba rastro de la inocencia o fragilidad de antes.
En su cara solo brillaban la soberbia y la autosatisfacción.
—¡Claro que lo tengo comiendo de mi mano! —soltó, alzando la barbilla con un tono agudo y presumido—. ¿No se enteraron? Esa pobre Mariana, l