Lucas ya tenía la mano en la perilla de la puerta cuando se quedó de piedra.
A través del vidrio alcanzó a ver la escena, y el corazón le dio un vuelco.
En el centro del grupo, Helena estaba rodeada de amigas. Con el maquillaje recargado, ya no quedaba rastro de la inocencia o fragilidad de antes.
En su cara solo brillaban la soberbia y la autosatisfacción.
—¡Claro que lo tengo comiendo de mi mano! —soltó, alzando la barbilla con un tono agudo y presumido—. ¿No se enteraron? Esa pobre Mariana, la prometida de Lucas, se largó a un centro de investigación espacial... ¡y no va a volver ni en diez, ni en veinte años!
—¡Nooo! —gritaron las chicas, entre risas y aplausos.
—¡Helena, eres una genia! ¿Cómo tumbaste un compromiso tan sólido como el de los Oliveira con los Ramos?
—Anda, cuenta, ¿qué hiciste para que Mariana se echara atrás solita?
Helena sonrió todavía más, con los ojos brillándole de picardía.
—Obvio que moví varias piezas. Por ejemplo... —hizo una pausa, disfrutando el suspenso